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 descubre en una entrevista la historia detrás del hombre al mando de este local latinoamericano.


Mauricio Chaves
mauriciochaves@clublatino-ac.de


Para una buena cantidad de visitantes y turistas que recorre las calles de Aachen por primera vez el contacto inicial con el aire y ambiente latinoamericanos se da con gran seguridad en un pequeño local situado en la Pontstrasse. No es necesario alejarse demasiado de la plaza central de la ciudad para escuchar la música y los ritmos latinoamericanos que se escapan por las ventanas y puerta de este sonoro y pintoresco negocio. Desde hace cierto tiempo, el Lennet Kann es para los ojos de muchos una singular embajada latinoamericana encajada estratégicamente en el corazón de esta localidad alemana. Además, este sitio ha mostrado ser una estación obligatoria para numerosos extranjeros y locales quienes a menudo buscan pasar un buen rato y aprovechar el tiempo para batir sus caderas al compás de la salsa, el merengue y otros tipos de música latinoamericana.

A pesar del atractivo y de la popularidad del negocio, es evidente que ciertos datos y particularidades quedan fuera del conocimiento de la mayoría y permanecen hasta ahora invisibles detrás del nombre Lennet Kann y de su actual propietario y dirigente, Roberto Aparicio Pacheco. Por esta razón, nos dimos a la tarea de investigar y seguir un poco la pista del hombre responsable de hacer andar, semana tras semana, el tan célebre Lennet Kann.

El origen de don Roberto nos lleva a la ciudad de Oruro en Bolivia, lugar donde nació el 1 de marzo del año 1944. Su primer contacto con la cultura y la lengua alemanas se dio a una temprana edad en el colegio alemán. En 1954, su padre, quien ocupaba la posición de alcalde de la ciudad, se vio obligado a dejar el país junto a su familia por razones políticas. De esta manera, don Roberto, siendo un niño, veía como su vida tomaba un giro repentino que lo mantendría alejado de su pueblo natal hasta el día de hoy. La persecución de su padre los llevaría al exilio y a establecerse primeramente en Chile y más tarde en Perú.

Una vez terminado el colegio en Lima y con la ayuda de su progenitor, don Roberto inició sus estudios en Alemania en el campo de la electromecánica. Después de finalizar una fase de prácticas, en febrero del año 1964 tuvo lugar el primer contacto con Aachen y con sus universidades. Desde un principio la ciudad fascinó a don Roberto; su tamaño, su ambiente y carnaval – el cual le recordó mucho el de Oruro – terminaron de convencerlo de continuar su estudio en la ciudad de Carlomagno. De igual forma, le encantaba la cercanía con Holanda y Bélgica; poder viajar a otro país con tal facilidad y en pocos minutos no era habitual en Bolivia. Según nos relata don Roberto, en aquel tiempo la universidad contaba ya en cierta manera con el reconocimiento que la caracteriza hoy, principalmente por parte de la industria. Sin embargo, a diferencia de ahora, muy pocos latinoamericanos rondaban la mensa o los salones de la universidad en aquel entonces.


Cuando en la década de los 70 su estudio en la Fachhochschule de Aachen llegó a su fin, don Roberto pretendió regresar a Perú, desgraciadamente, su diploma no fue reconocido y regresar a Bolivia no era una opción factible sin cédula de identidad y sin servicio militar. Es así como don Roberto tomó la decisión de partir a Berlín con el fin de obtener una maestría. Después de esto comenzó su etapa de trabajo, la cual lo hizo pasar por diferentes países de Europa como España, donde residió por un período de 10 años. Posteriormente, en el campo laboral, don Roberto substituyó de manera paulatina el sector de la ingeniería por el de la administración. Empezó a adquirir conocimientos y a especializarse en la organización de empresas, campo en el cual se mantuvo hasta el final de su carrera.

El episodio con el Lennet Kann fue para don Roberto una casualidad. Una conocida suya le comentó que había un local en venta. Antes de aventurarse a comandar el negocio don Roberto analizó detalladamente los puntos altos y bajos del lugar y, finalmente, después de hacer un balance, en febrero de 1995 resolvió tomar las riendas del establecimiento. En un comienzo, se intentó seguir la línea impuesta por el propietario anterior del Lennet Kann, un hombre chileno, quien estaba a favor del principio de una Stehkneipe, un bar para “estar de pié” , sin opciones de bailar. Luego surgió la propuesta de traer la salsa y el baile al negocio además de ofrecer con frecuencia la posibilidad de música en vivo. Pese a que la idea de grupos tocando dentro del local careció de una buena acogida por parte de algunos vecinos, la introducción de los ritmos latinoamericanos bailables convirtió al Lennet Kann en lo que conocemos actualmente.

A la hora de describir la sociedad alemana, don Roberto no se restringe mientras resalta varios rasgos positivos. Según su juicio, “cuando una persona vive dentro de los límites de la ley en Alemania no se encuentran problemas”. Durante sus años en este país ha hallado gran cantidad de familias alemanas que lo han integrado como un miembro más en sus hogares y con quienes mantiene una amistad muy sólida. Su esposa, con quien se casó a los 21 años, es de nacionalidad alemana. Asimismo, don Roberto resalta la perseverancia característica del ciudadano alemán. Es un rasgo que percibe en su local: “Esta gente muchas veces no sabe lo que es la salsa y mueven la cintura hasta que finalmente la bailan”.

En la vida de don Roberto se ha formado con el tiempo una cierta añoranza por la ciudad y la nación que lo vieron nacer, “la cabra tira para el monte”, me señala. Jóvenes bolivianos que han pasado por el local le han regalado música de su país y han despertado recuerdos de su patria. A pesar de estos sentimientos, permanecer en Alemania es lógico para don Roberto. Sus hermanos, al igual que él, estudiaron aquí, sus padres se establecieron en Europa y existen muchos vínculos que lo unen a esta tierra, donde ha echado ya sus raíces.

Definitivamente, hacer que el Lennet Kann marche exitosamente no puede ser labor de una sola persona, pues como don Roberto dice, “una guerra no se gana sólo con un buen general”. A su lado están en primera línea su familia, la señora Aída Vargas, socia y fiel colaboradora, además de 5 o 6 personas que rotan constantemente y quienes están a cargo de atender a los clientes.

Entre los datos curiosos que pudimos extraer de la conversación está el gusto de este boliviano por las canciones de Luis Miguel y por la música folclórica además de  su afición por el equipo del Mönchengladbach, el cual en su opinión ha hecho un muy buen trabajo de cantera.

Con toda la experiencia acumulada durante los últimos años y siendo visiblemente una referencia para todos aquellos estudiantes latinoamericanos que se aventuran a comenzar una nueva etapa de sus vidas en Aachen o en Alemania en general, don Roberto hace una importante recomendación. Su indicación de encontrar un balance entre el estudio y la recreación y sobre todo, la idea de olvidarse de las barreras entre las naciones y vivir como una comunidad hispanoamericana unida, representan en definitiva una guía valiosa para nuestra estadía como huéspedes en Alemania.

© Revista La Tina, Club Latino Aachen e.V. , 2005